El teléfono sonó en medio de la noche.
Daniel abrió los ojos lentamente. La cabaña estaba completamente a oscuras. El silencio en las montañas era tan profundo que el sonido se sintió antinatural, como si algo dentro de él se hubiera quebrado.
El teléfono volvió a sonar.
Se incorporó y miró el reloj: 2:17 a. m. Nadie lo llamaba a esa hora.
Alcanzó el auricular.
—¿Hola?
Al principio no hubo nada. Solo silencio. Luego, una voz.
—Daniel.
Frunció el ceño.
—Sí. ¿Quién habla?
La voz era calmada. Demasiado calmada.
—Han pasado muchos años.
Daniel esperó, pero la voz no continuó.
—¿Quién eres? —preguntó.
Otra pausa.
Luego:
—Dime algo…
Daniel apretó el auricular.
—¿Recuerdas el verano del noventa y nueve?
Daniel no respondió.
Antes de que pudiera hablar, la llamada terminó.
El silencio volvió a llenar la cabaña. Pero esta vez no se sentía igual.
Daniel permaneció sentado en la oscuridad, escuchando el bosque silencioso afuera. En algún lugar a lo lejos, el viento movía los pinos.
Lentamente, colocó el auricular en su base.
El sueño había desaparecido.
Y por primera vez en años…
Daniel comprendió que el pasado acababa de alcanzarlo.